viernes, 23 de diciembre de 2011

Los dragones marinos no vuelan. -Claishee-


Sentía dolor insoportable en el pecho y un calor abrasante en el costado. Una brisa cálida pero pegajosa le golpeaba en la cara, y la humedad fría se había metido en todos los rincones de su cuerpo. La sal del mar hacía que le picaran y escocieran las heridas, lo que provocaba un dolor aún más punzante. Sentía el cuerpo pesado y tenía el temor de que en cualquier momento se hundiría y ahogaría, pero no tenía fuerzas para nadar, impulsarse, ni siquiera para abrir los ojos. Los parpados le pesaban de tal manera que abrirlos supondría un cansancio excesivo, así que optó por dejarse llevar por las olas, flotando sobre el mar.
Las horas se convirtieron en eternidad antes de sentir la arena del suelo de la playa bajo la espalda. Finalmente había llegado a tierra después de días a la deriva por el mar, aunque ni siquiera sabía donde se encontraba. Tenía la capa sin mangas destrozada y la camisa hecha jirones, y estaba completamente manchado de sangre y barro. Había arrojado su espada a la profundidad del mar para deshacerse de peso evitando así hundirse, por lo que iba desarmado. Se sentía febril y demasiado débil como para intentar incorporarse o arrastrarse más hacia la playa, tan débil que nisiquiera lograba recordar del todo bien lo sucedido. Logró toser un poco de agua que le dificultaba la respiración, pero solo consiguió una punzada de horrible dolor que le hizo quedar inconsciente durante un rato.

Sangre y muertos. Un cuervo blanco, una mirada fría, un cruce de palabras. Agua. Una sala redonda de mármol gris. Hombres encapuchados levantando sus manos al cielo. Un cuervo blanco riendose. Gritos, carcajadas, amenazas. recordó que exigía explicaciones. Obtuvo una ridícula explicación. Más carcajadas. Ahora fuego. ''No tengo miedo al fuego'', intentó convencerse a sí mismo. Espadas, sangre, hechizos. Dos cadáveres o tres en el suelo, no le dió tiempo a contarlos. Una herida en el pecho. Corría por el pasillo de mármol gris, más hechizos, un dolor abrasante en el costado. Volaba. ''Los dragones marinos no vuelan, que tontería'' soltó una risilla de idiota. Por supuesto que no volaban. Y después agua, agua, agua y más agua. 

El dolor del pecho se había convertido en una angustia y el caos de imágenes de su cabeza hacía que susurrara palabras sin sentido, tendido en la orilla, en un precioso atardecer que para Shiön era tan horrible como el mismísimo infierno.

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